sábado, abril 23, 2016

Yo también conocí a un machoprogre

Estoy viviendo una primavera violeta, y como parte del proceso voy a compartirles una experiencia personal:

A mí me habían dicho que salir de clóset sería difícil. Yo no viví esos procesos largos de duda y vacilación que cuentan muchas compañeras. Para mí fue decírselo a mi mejor amiga y otras amigas que tenía. Luego a mi primo y a la tía con los que vivía entonces. Fue pasar la voz entre familiares, hasta llegar a mi mamá, que me preguntó si estaba preparada para decírselo a su familia, “¡Ay, mamá! Eres la única que faltaba de enterarse,” le dije, y respiró tranquila de no tener que ser ella la que se lo contara al mundo.  Salir del clóset no fue tan difícil como me contaron.
También me habían dicho que salir del clóset implicaba riesgos, que había gente que odiaba a las lesbianas y que existían violaciones correctivas. La adrenalina del enamoramiento me hacía sentir valiente y feliz, así que no hubo alma a la que no le contara con orgullo que estaba enamorada de una mujer. Como ella estudiaba en USA y yo vivía en CdMx, no faltó quién dudara de la existencia de esta supuesta novia que me andaba yo inventando “por convivir” y para estar “in” entre mis nuevas amigas lesbianas. Fue gracias a estas nuevas amistades que entré al hermoso mundo del activismo lesbofeminista, y fue así, también, como descubrí a los machoprogres.
Nunca se me va a olvidar el día que lo conocí. Era mayo, un evento en una plaza pública para celebrar a las mamás de escasos recursos. Él llevaba el look completo de compa socialista, de izquierda radical, libertador de ejidos: pantalón de mezclilla deslavado y sin visitar la lavadora por meses, camisa desfajada, cabello largo, sombrero de otras épocas, guitarra. Era hípster antes de que lo hípster fuera tema. Trabajaba en un colectivo en pro de los derechos humanos, era sicólogo, abogado y músico. En sus tiempos libres hacía teatro callejero para imbuir consciencia social en quien se dejara.
Mi amiga lesbiana universitaria me dijo que ella lo había conocido en un lugar donde su sicólogo de confianza daba terapias. Que era buen pedo, que era libertario, y que le parecía que era gay (estaba yo en esas épocas de buscar amistades LGBTTTQ para hacer alianzas, empoderarme y aprender sobre mis derechos). En mi universidad me pedían realizar mi servicio social con una asociación civil que estuviera avalada por La Salle, que serviría como vínculo burocrático entre la quien firmara mis horas y la UDEM (la universidad donde yo estudié). Fui a La Salle y pregunté qué AC’s de DDHH estaban registradas, la lista incluía un total de cero, por lo tanto, negocié para poder hacer mi servicio en el colectivo del amigo de mi amiga.
Comencé yendo tres veces por semana, en agosto. Me dijo que le encantaba cómo hablaba yo en plural sobre las causas. Me dijo que era una lástima que yo fuera lesbiana. Me dijo que veía en mí la misma intensidad y el mismo compromiso por las causas sociales que había visto en la novia del Ché Guevara. Me reí, “¡qué cosas tan tontitas dice este chavo!”, pensé, pero estábamos bien, son las cosas que se dicen por convivir, ¿no? Y de las que una se ríe. Me contó la historia triste sobre su origen, cómo lo recogieron de chiquito y aprendió la importancia de ayudar a las personas oprimidas. Me contó sobre su compromiso con el zapatismo, y cómo veía en mí la fuerza de Ramona. “Ay, compañero, qué exagerado,” aquí no pasa nada, estaba aprendiendo un chingo sobre el movimiento estudiantil, sobre la huelga de la UNAM, sobre los derechos de indígenas, inmigrantes, obreros y universitarios.
Para septiembre, me había dejado claro, que yo en la Ciudad de México, en realidad no tenía amigas que se interesaran en mí, sino que estaba rodeada de una serie de mujeres abusivas cuyo único interés en mi persona era aprovechar mi luz y mi fuerza para posicionar al movimiento lésbico, el que, además, por separatista, era muy nocivo. Me había dejado claro, también, lo mucho que le preocupaba el desinterés de mi familia por mi hermosa persona, porque a nadie parecía importarle si yo comía o no. Para entonces, él ya pagaba a diario mis comidas, y a veces era la única comida que consumía en el día.
El 15 de septiembre, siendo evidente lo “sola” que estaba yo en DF, me invitó a pasar el grito en casa de su familia, podría finlamente conocer a la buena mujer que se hizo cargo de él sin compromiso alguno. Esa cuya mirada tenía una bondad muy similar a la mía. “Híjole, ¿neta?” Más risas incómodas. Recuerdo que pasamos un buen rato discutiendo la indumentaria de Marthita y lo mucho que hacía Fox por no hacer bien las cosas. A las 11 de la noche expresé mis deseos de volver a mi casa. Estaba yo en la mitad de una colonia que no conocía, entre gente que no conocía, y quería ir a mi casa a dormir. “Ya no pasa el metro a esta hora, es día de fiesta,” me dijo y yo me llené de preocupación, aunque supuse que me llevaría en taxi a mi casa. “Tampoco pasan taxis por acá, por los arreglos que le andan haciendo al periférico, y porque es una colonia violenta. Lo más seguro es irnos a mi casa, no te preocupes, mañana temprano te vas a tu casa.”
Era compa, él me cuidaba, él me alimentaba, mi tía ni si quiera se había preocupado de qué haría yo esa fecha, era obvio que no tenía yo amigas de verdad, o no habría estado sin plan en 15 de septiembre, él tenía razón y lo más seguro para mí sería dormir en su casa. Llegamos a su casa, en la cual había estado ya un par de veces y me dispuse a acomodarme en el sofá, su depa, obviamente, tenía sólo una cama. “No, cómo crees, duérmete en la cama, ¿o me tienes miedo?” Risas y sonrisas para no molestar a tan buena persona que me abría las puertas de su casa en una situación tan complicada, la única persona en el mundo entero dispuesta a darme refugio. Equis, era compa, era amigo (seguro gay) de mi amiga lesbiana, aunque a lo mejor ya no era tan mi amiga, hace varios días que no sabía de ella.
La cama estaba pegada contra la pared. Me metí sin quitarme más que los zapatos. Me orillé hasta quedar pegada a la pared y le di la espalda. Me quedé dormida. No sabría decir en qué momento fue, seguro habían pasado ya un par de horas. Recuerdo haber despertado con un par de dedos dentro de la vagina. “No,” estoy segura de haberlo dicho. Estoy segura de haberlo repetido varias, muchas veces. “Yo soy lesbiana.” “Sólo estoy usando mis dedos,” me dijo. “Yo tengo novia.” “Y no está aquí para cuidarte, seguro ella también está con alguien.” “No.” “Relájate y disfruta, no te resistas, mira cómo le gusta a tu cuerpo, mira cómo tiemblas. Tú no eres lesbiana, sólo te sientes sola. Eres muy mujer.”
Recuerdo haber llorado mucho, recuerdo toda la vergüenza e incongruencia que sentí conmigo misma. Recuerdo el miedo y la incertidumbre. Recuerdo que no podía contárselo a mi novia porque era mi culpa por haber ido a su casa. Porque prácticamente le puse el cuerno. Recuerdo que no podía contárselo a mi amiga, porque quizá ya no era mi amiga, y porque era lesbiana y se iba a dar cuenta de que mi novia sí era ficticia porque estaba lejos, y que yo ya no era lesbiana, porque cogía con vatos. Recuerdo no podérselo contar a nadie y tener que contármelo muchas veces. No estuvo tan mal. No había sido a fuerza, yo me metí voluntariamente a su cama. No pasó nada. Mujeres infieles habemos muchas. Fue mi culpa. “No pasó nada que no quieras,” me dijo y le creí de nuevo. “Nos vemos en la oficina, porque aún hay muchos proyectos a medias y no sé si vamos a terminar tus horas a tiempo.”
Una semana después me visitó mi novia. Y yo aproveché para mostrársela al mundo, para que vieran que no era ficticia. Se la presenté a mi familia, a mis amigas lesbianas del activismo lesbofeminista radical, a las no tan radicales, y se la presenté a él. Él acababa de volver de Guerrero, donde había ido, según me contó, a rescatar un ejido de no sé cuál corporativo. Era un hombre bueno, de izquierdas, chido, lo del otro día, obvio fue el alcohol, y las circunstancias. Equis, no vamos a arruinar una amistad chida, menos si yo tengo la culpa por no saber volver sola a mi casa.
Él se enojó mucho de que la llevara. “Aquí se viene a trabajar,” me dijo, “no a perder el tiempo.” Y yo me puse a trabajar y dejé de hablarle una semana. O él a mí. No sé. “Ven, te invito a comer, nunca traes nada para comer, ¿o es que ya no me quieres? ¿Tu novia lesbiana te dijo que ya no podías ser mi amiga?”
En octubre, cumplí años, y resultó que sí tenía amigas. Me invitaron a pasar un fin de semana en Tepozotlán, viendo altares de muertos. Cuando le conté a una de esas amigas lo que había pasado, lo que seguía pasando ocasionalmente en la oficina, cuando él me recordaba cómo la causa solidaria de las mujeres de izquierda es apoyar a sus compañeros en todas, absolutamente todas sus necesidades, y que yo no tenía por qué sentir vergüenza de ser tan buena como su madre, tan fuerte como Ramona, tan intensa como la novia del Ché, mi amiga me miró a los ojos y me dijo: “estás viviendo abuso sexual.” Me dijo que era una violación correctiva, que él intentaba quitarme lo lesbiana.
“¡No!” fue mi primera respuesta. Él era bueno, solidario, sicólogo y abogado. Esa gente no hace esas cosas. Estaba malinterpretando las cosas. Él ya me había dicho que eso iba a pasar y que la gente no iba a entender nuestra relación de amor libre, sin etiquetas, donde yo no le faltaba a nadie, porque yo soy mía para usar mi cuerpa como yo quiera, y en mi cuerpa mando yo, yo yo quise, verdad que sí quería. No, mi amiga estaba loca, eso no era violación, y por supuesto, no una violación correctiva. Seguro era porque era de esas feminazis lesbiana radical.
Unos días antes yo me había lastimado en la oficina y él había corrido a primeros auxilios a que me suturaran el dedo (que casi me arranqué en una guillotina cortando volantes). Él siempre había visto por mi bienestar y mi salud, y mi sique. Para eso era sicólogo, ¿no? Él sabía lo que hacía, y él decía que yo también. Y yo le creía.
Al volver del fin de semana, traía mucho dolor. De cuerpo y de alma. Me subió la temperatura y el estómago no me dejaba estar. Yo estaba segura que eran los nervios. El miedo de haber desprestigiado a tan buena persona. Puntual, volví a presentarme a cubrir mis horas de servicio social y su asistente me inyectó una buscapina. El dolor no cedía. Llamé a mi casa y mi padre dijo que seguro era una intoxicación medicamentosa, por los antibióticos para el dedo. Él compañero de izquierda pensó que lo mejor era no dejarme sola.
Le expliqué que en mi casa no podía quedarse. Que yo tenía un rumi. Yo me sentía muy mal físicamente y tenía pánico de que él estuviera en mi casa, pero no supe persuadirlo. Nos quedamos en la sala, yo recostada en el sofá y él en el piso. En la madrugada decidió llevarme a urgencias. Es que era bueno, ven cómo si era bueno. Y ahí me dijeron que tenía una infección de las vías urinarias. “Es por tus prácticas sexuales,” dijo mi padre cuando le conté. Y yo no supe qué decir. Volví a mi casa, él se fue a su casa, a cambiarse, tuve un respiro y tomé las medicinas recetadas, pero una me hizo reacción. Por la mañana, le hablé a mi novia. Risueña y tranquila por estar sola y hablando con ella, me vi al espejo y vi la hinchazón. Parecía pescado. El dolor no cedía. Volví puntual al trabajo, no quería quedarme en casa con la tía que no me quería, el primo indiferente y el rumi que un par de semanas antes me había dicho: “tú tus rollos, yo mis rollos y cada quien en lo suyo.”
Y ahí, ya no recuerdo cómo, me llevaron a un centro médico, de esas clínicas familiares de gobierno que hay en las colonias populares. Había una por ahí en la doctores. Desde que me vieron la cara me pasaron rápido. Me hicieron tactos y toqueteos, por dentro y por fuera. Me hicireon un análisis de sangre. Los leucocitos estaban por los cielos. Yo el dolor ya no lo sentía, sólo sentía risa, y estaba muy liviana. Me sentía absurda y exagerada. Nada pasaba.
Las aventuras en el hospital general de la ciudad de México son dignas de un texto aparte, valga decir que a la mañana siguiente amanecí en un hospital privado, mi madre había volado de Monterrey a México para hacer válido mi seguro escolar de la universidad privada y cambiarme a otra parte. Era apendicitis, ya con necrosis. Mi madre, sabiamente decidió quedarse conmigo el tiempo que fuera necesario, y luego me llevó a Monterrey, más tiempo.
Mi amiga, la lesbofeminista radical me sugirió hablarlo con mi novia. “¿Hablar de qué si no hubo abuso?” Él fue muy bueno, me salvó la vida. Estuvo ahí cuando nadie más estuvo. “Cortó tus redes de apoyo, te culpabilizó de sus acciones, te hizo creer que tú estabas participando de una pseudo relación con él, abusó de poder porque si no aceptabas no te iba a firmar tus horas, te tocó aún cuando dijiste que no. Ése hombre abusó de ti, te violó, y te hizo sentir agradecida por ello, como un síndrome de Estocolmo.”
Nunca me atreví a confrontarlo, a decirle que sus rolas de izquierda y sus carreras de leyes y sicología eran una farsa. A gritarle a la cara que sí era, sí soy lesbiana y que no, no me había gustado lo que me hizo. Simplemente le expliqué por teléfono que no podía volver a verlo y que esperaba que tuviera la solidaridad de firmar lo que fuera necesario. A recoger mis documentos del servicio social me acompañaron mi madre (quien creo que nunca supo nada) y mi novia. Nunca volví a verlo sola. Nunca denuncié. No hice scrache, ni lo haré. Una vez lo vi pasar en el CNA y me paralicé. Sentí miedo desde los dedos de mis pies hasta la nuca. Aceptar que esto me pasó a mí fue un proceso muy largo.
Nadie, antes de mi amiga, me había dicho que estas cosas pasaban. Que el sexo no consensuado también es violencia. Ahora lo vemos en todas partes, se habla de ello en las universidades, pero cuando yo estaba en la licenciatura no se decía nada. A mí me pasó, no me lo imaginé, yo lo viví. Yo que supuestamente soy una mujer fuerte, preparada, inteligente y todas esas cosas que sirven para desarticular nuestras redes, haciéndonos creer que no somos como las demás y estamos mejor solas. Yo, que según sabía cómo cruzar la calle cuando viera a un hombre sospechoso para prevenir que me pasara algo así, que usaba pantalón, para evitar miradas lascivas, que no usaba escote para no invitar. Yo que sabía estar ahí para otras, no supe estar ahí para mí, no supe validar mi miedo, ni mis emociones. Yo, que a ojos de mucha gente, pero principalmente mis ojos, fui culpable de lo que me pasó.

Y por todo esto, porque yo también conocí a un machoprogre de izquierda, compa socialista solidario, libertador de ejidos, voy a marchar este 24 de abril en el Movimiento Nacional en contra de las Violencias Machistas.