viernes, octubre 17, 2008

Princesas Azules

Hace mucho no posteábamos artículo del viernes en viernes. O más bien, creo que cada que lo hago digo lo mismo "hace mucho que no postéabamos artículo en viernes". En esta ocasión me da mucho gusto pegarles una artículo que me encontré en la red, en el site de chilango que durante mucho tiempo fue mi revista favorita. Estaba vagabundeando por ahí, y me encontré este artículo sobre Rosamaría Ortiz y Lupita de GRUMALE.
Disfruten.

Princesas Azules
Por: Fernando Díaz
Al volver del trabajo, la luz parpadeante le indicó que había un mensaje. Hugo Galváiz puso play a su contestadora: «Si tu mano o tu pie es ocasión de pecado, córtatelo y arrójalo lejos; mejor es que entres manco o cojo en la vida que, conservando las dos manos o los dos pies, seas arrojado al fuego eterno.» Atónito, oyó los fragmentos del Evangelio de Marcos. La voz masculina no cesó: con frenesí, tachó a la familia de Hugo de “pervertida”. Y, como despedida, la grabación citó algunas líneas de San Mateo, también sobre la tentación y el pecado.
Han pasado algunos años. La madre de Hugo, Rosa María Ortiz, compra por teléfono boletos para un evento de Astrid Hadad: «Quiero dos», pide esta muy femenina tanatóloga de 58 años. Al concierto irán ella y su mujer, Guadalupe González, joven enérgica que sin protocolos me lleva a la sala.
En un esquinero hay fotos familiares. La más grande, en blanco y negro, muestra a un Hugo adolescente sonriendo al lado de su madre y de Guadalupe, a quien hoy también llama “mamá”. La foto es de hace 15 años, los mismos que estas lesbianas han vivido juntas.
En otra foto aparece Nayet, la hija de Rosa María. El día que esa niña sonrió a la cámara, hace más de 20 años, su mamá era esposa de su padre. En una imagen más veo a Manuel, hijo menor de la mujer, vestido de frac. Corresponde a una mañana de noviembre de 2006: Rosa le anudó la corbata a su hijo y le colocó el ramillete de azahares en el saco, mientras Lupita lo filmaba. A mediodía, Manuel cruzó el portón de la Iglesia de San Hipólito, en el Centro Histórico, de la mano de sus dos madres, que lo entregaron en el altar del templo para que esposara a Norma, su novia. «Casi todos los invitados sabían que tenía dos mamás —dice Rosa María—; Manuel nunca nos ha ocultado».
Rosa salió del clóset hace cerca de 25 años, cuando dos de sus hijos eran adolescentes y Manuel un niño de cinco años. Abrió el secreto aún casada. «Soy lesbiana», les dijo a los pequeños a quemarropa: «Fue difícil: Nayet se enojó mucho y Hugo (de 12 años) me dijo que ya lo sabía.»—¿Qué son las lesbianas? —le preguntó Manuel.—Mujeres que aman a otras mujeres. —¿Y tú las amas? —añadió.—Sí.




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Guadalupe y Rosa son una pareja homosexual
que vive con hijos adultos de una de ellas.
Foto Theda Acha
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La bibliotecaria
Guadalupe estudiaba Derecho en la UAM Azcapotzalco. Para el último año de la carrera iba mucho a la biblioteca. La flechó quien le daba los libros, Rosa María, una mujer casada, 20 años mayor que ella. Fue hacia 1993 cuando el vínculo inició, pero debió pasar algún tiempo para que, como su pareja, le confesara que era madre de tres hijos. «No lo vi como un plus —reconoce Lupita—, pero tampoco como un “pero”».Rosa María encaró a su madre y le confesó su opción sexual. «Cuando se lo dije, se atacó —recuerda Rosa—. Me dijo: “en la familia hay rateros, prostitutas, maleantes, pero una lesbiana es el colmo”». Su mamá condenó por años la relación, hasta que el 12 de diciembre de 2000 llamó a Guadalupe para felicitarla por su santo. Murió un mes después.—¿Cómo trataba a Guadalupe?—No me invitaba a convivios para que no fuera con ella. La llamaba “la muchacha”, como si el nombre manchara sus castos labios.
Hugo, de 36 años, usa un piercing en la ceja, pulseritas, jeans. Vive con sus madres en la colonia Libertad, en Azcapotzalco. Cuando este programador en sistemas tenía 23, su madre aceptó que Guadalupe, dos años mayor que él, viviera con ellos. Si hubo conflictos, los desestima: «Le hacía caras, me molestaba esperar a que saliera del baño». Pero al instante matiza: «Al principio batallé mucho, pero ahora no tengo conflictos ni me azoto por mi familia “alternativa”».Hugo me recibe en su cubículo de la UAM, al que entran dos amigas suyas a oír la entrevista. —No se espanten —les dice sonriendo.
«En la vida es inocultable lo ratero y lo pendejo —sostiene—; y yo diría que también la preferencia en el amor, como mis madres».Con Guadalupe, mamá por adopción, Hugo comparte libros, discute de política y acepta que ella asuma el rol de madre biológica: «Se encela de las mujeres con que salgo: le caen gordas, les hace el feo, le parecen tontas». Al mismo tiempo, tiene una “madre cuervo”, su mamá biológica: «Es amorosa: de las que sacan el álbum para presumir al niño».—¿Cómo mira tu entorno a tu familia?—La ignorancia hace que, por tener dos madres, me pregunten cosas como: ¿tienes SIDA?, ¿y tú eres homosexual?
Bisabuelas lesbianas
Guadalupe, abogada de 38 años, descarta tener hijos biológicos. «Veo la maternidad como una deformación del cuerpo», lanza esta mujer de gestos recios. Dirige con Rosa el Grupo de Madres Lesbianas, una AC que lo mismo imparte talleres acerca del cáncer cérvico-uterino que sobre la evolución del movimiento lésbico. —¿Cómo te sientes cuando los hijos de Rosa te dicen “mama”?—Como pavo real.
Manuel, el hijo menor, estaba predestinado: trabaja en el Instituto de las Mujeres del DF. Su afinidad con su mamá adoptiva es el mundo techie. Cambian música en el iPod, hablan de bandas, estudian sus celulares. Le ha pasado que cuates pregunten quién es la mujer que besa a su madre, pero haber cursado la prepa en un Centro de Educación Artística del INBA lo rodeó de tolerancia. Su resentimiento, en cambio, apunta a la ineptitud: «Me han llegado a decir: ¿llevas a tu novia a tu casa y no sientes feo que tu mamá la vea? ¿Y si le tira la onda?» —¿Cómo es ser parte de esta familia?—Esta “letra escarlata” es una ventaja, te hace diferente y hasta podría inundarme de ego.
Nayet, la hija mayor de Rosa María, es madre de un niño y de dos mujeres. Una de ellas es Gabriela, la menor, que a su vez ya es mamá. De modo que Rosa María, a sus 58, y Guadalupe, a los 38, son bisabuelas.—¿Cómo te sientes hoy con tu familia? —pregunto a Rosa.—Muy feliz. Nos han discriminado, pero hemos hecho ver a la gente que tenemos valores, como una familia tradicional.
Al despertar, Rosa y Guadalupe tienen un “ritual íntimo”. «Pido al ángel de Lupita que la cuide y ella le pide lo mismo al mío. Te daría el nombre de los ángeles pero son sólo de nosotras». Ríe. Rosa suele trabajar en casa y Guadalupe en la oficina. ¿Quién cocina? Los padres de esta última salen al quite preparándoles la comida de la semana. Por la noche, ambas cenan, ven la tele y, dice Rosa María, «si queremos hacer el amor nos alcanza el día. Es la princesa azul que desde chica soñé».

1 comentario:

Bereri dijo...

Estas historias me dan muchos animos, estoy empezando una relación, se que para mis padres no sera la familia que ellos han soñado que forme, soy su hija unica, pero se que puedo hacerles entender o comprender que existen familias diversas y que eso les dara la oportunidad de ser abuelos algun día... bueno por ahora aun no me animo a decirles, pero se que llegará el día y espero sea pronto!!!