Hoy, como todos los 1o de mayo, es Día de las Madres en México, Arabia Saudita, Bahréin, Chile, El Salvador, Emiratos Árabes Unidos, Guatemala, India, Malasia, Omán, Pakistán, Qatar, Singapur y Colombia. Al menos eso dice
wikipedia.
Hoy es uno de esos días en que se refuerza la sagrada figura de la madrecita y es un día en que mi madre se olividará de que ella misma es madre y que su hija lo es. Pero hoy es un día en que recibiré el mail de mi amiga Nelia, de la secundaria, en el cual me desea a mí y a todas sus amigas que tienen hijos un muy bonito día. Y yo me sentiré especial por la deferencia, por el detalle de incluirme en su lista de amigas que celebran el Día de las Madres.
Hoy es un 10 de mayo en el que me debato entre analizar la relación entre mi madre y yo, entre analizar el mano a mano en maternidad entre Ana y yo, y entre analizar mi relación de madre a gemelos. Tal vez pueda hacer las tres cosas.
No puedo negar que la fecha me estresa cuando estoy en un contexto tan terrible como lo fue el año pasado en el kinder de los niños. No puedo negar que ahora la distancia y el hecho de que D y S no estén en la escuela cambian por completo la percepción de las cosas, pero lo que no cambia es que hoy es Día de las Madres y hoy tengo a una mujer a la cual felicitar y reconocer por darle la vida a mis hijos. A una mujer que me ha permitido vivir una de las experiencias más intensas de mi vida. A la mujer que decidió cargar con mi bebé Santiago y con mi bebé Diego y con lo cual unió nuestros caminos de manera definitiva.
Y no puedo dejar de pensar en todos aquellos que dicen que "uno comienza a comprender a sus padres, una vez que tiene hijos". Y yo es que no los comprendo, sigo sin comprenderlos, pero sí sé que enfrentarme de pronto a una situación que involucra a un ser humanito me cambió toda la concepción del mundo. Y tal vez con eso pude ver la vida desde otro ángulo que antes no imaginaba.
Yo recuerdo el primer festival del Día de las Madres cuando entré al kinder. No me enteré de mucho, creo. Como que mi mente divagaba y no veía nada porque todos los niños me tapaban la vista, pero sí recuerdo que alguien dijo que si alguien quería decirle algo a su mamá y entonces, creo yo, pedí el micrófono y le empecé a cantar una canción a mi madre. Una canción que aún recuerdo, por cierto. Y una canción que ella aún recuerda porque el día de mi cumpleaños recibí un mail de ella que contenía la letra de tal canción. Y quise llorar. Y quise llorar de recordar tantos pinches años viéndola sufrir con su relación madre-hija, y de recordar que ella nunca se dio importancia en este día y que toda su energía la reservaba para ensayar
Hermoso Cariño y llevarle serenata junto con sus hermanos, sobrinos e hijos, a mi abuela para que la muy cabrona saliera cual diva indignada porque ese año no quería
Mañanitas la señora, sino que la llevaran a comer cabrito. Y quise llorar nada más de pensar en que somos como eternos niños bailando en el festival del Día de las Madres y nunca alcanzando a comprender muy bien por qué si estamos bailando tan bonito y cantando con mucho sentimiento y haciendo circo y maroma y teatro para agradarle a nuestra mamá, por qué si estamos haciendo todo eso a nuestra mamá nunca le basta. Y solo cuando uno es ya lo bastante grande se da cuenta que su mamá es también como una niña bailando en el festival de la escuela esperando agradarle a su mamá que tampoco le bastan las monerías que su hija hace. Y entonces a su vez, uno puede deducir que la mamá de su mamá y la mamá de la mamá de su mamá, etc, etc., también eran como niñas en el festival buscando entre la gente la figura de su madre.
Y de pronto veo yo a Diego y a Santiago y veo que no pueden ni podrán ver la vida sin su Mami que los cuida y los saca a pasear. Y de pronto cuento los días que fueron y los días que faltan para estar con ellos y pienso que no me quisiera perder esos momentos de grandísima intimidad que es donde se forman los lazos más estrechos. Pero de pronto también sé que esos lazos se están construyendo así, bajo las circunstancias que nos está dando la vida. Y que en realidad así es todo, una construcción de lazos bajo las circunstancias que nos da la vida. Nada más que con los hijos las personas se dan el permiso de entregarse por completo, de dejar ir las emociones, de abrazar por completo el alma de otra persona, de una, de dos, de los que vengan. Uno puede enfocar todo ese gran amor que sentimos que tenemos para dar. Y no nos protegemos, no nos estamos cuidando las espaldas, no nos reservamos aunque tengamos el miedo de que nos rompan el corazón sino que nos dejamos fluir y fluir hasta el extremo de dar sangre, riñones, hígados y córneas. Hasta el grado de expandir las ambiciones para hacer un proyecto incluyente. Y sí nos da miedo, porque el amor en todas sus expresiones da miedo, pero sentimos que vale la pena, que nos es legítimo, que si no es a nuestros hijos entonces a quién vamos a amar con tanta profundidad, con tanto empeño, con tanta fe, con tanta inocencia y con tanta esperanza de tantas cosas.
Y por eso me eloquecen los comentarios y las burlas de la gente que dice que no soy madre de mis hijos. Que piensa que todo esto para mí fue tan fácil como decir un día "mmm, estos niños me gustan, les voy a decir hijos". Y por eso me emociona tanto cuando Diego y Santiago me dicen Mamá. Y cuando Ana lucha ante todos, ante su familia, sus amigos y la gente en general por mi derecho a ejercer la maternidad, de ejercerla exactamente así como la estoy ejerciendo. Por eso la amo cada día más, porque no hay mujer en el mundo (o casi no hay) que renuncie a este inflado concepto de la maternidad como the ultimate right de la mujer, como el destino divino y biológico, como la legitimación social, como la función en el mundo, como el pilar de la familia, y que comparta y ceda un poquito de todos estos engañosos beneficios del tan mentado dicho "madre solo hay una". Que renuncie porque naturalmente el hecho de haberlos parido la hacen la madre oficial y bien podría aprovecharlo...
Feliz Día de las Madres, Anita.